Historia de Tarragona


Tarragona tiene sus orígenes en un pequeño poblado íbero denominado Kese. Tarragona debe su nombre a la Tarraco que fue una Colonia Iulia Vrbs Triumphalis, Tarraco de los romanos, la que fue capital de la Hispania Citerior en la época republicana y de la provincia de la Hispania Tarraconensis durante el Imperio. Luego de la invasión de 711 los árabes ocuparon y gobernaron esta provincia, ya con la llegada de Carlo Magno al poder instaura la llamada Marca Hispánica que comprendía las ciudades de Cataluña, Barcelona, Tarragona y Gerona. Una vez más en el año 1116 Tarragona es reconquistada por Ramón Berenguer III.

Cuando el mercedario de Normandía Robert Bornet se apodera de Tarragona, gracias al arzobispo que le cedió la ciudad como un principado eclesiástico, es así como fue nombrado príncipe de Tarragona y los normandos, comandados por Bordet, se instalaron en la ciudad.


A esto se le sumó la llegada de la peste en toda Europa e hizo que los pueblos se sobre poblaran, ya que las personas buscaban alejarse de la peste buscando donde refugiarse.

A raíz de la peste, la mortandad, Tarragona entró en un periodo de crisis y recesión, las personas morían no solo víctimas del mal, algunos eran quemados vivos para evitar se propague. Una vez que se pudo combatir esto y siguiendo las órdenes de la Corona se empezó con las tareas de mantenimiento y se empezó a levantar las murallas, de esta manera el antiguo circo romano, quedó incorporada al núcleo urbano.

Tres conflictos bélicos marcan la ciudad de Tarragona en la época moderna estos se iniciaron en el S XVI, cuando se organizan las ciudades para luchar contra la llegada de los piratas, es así como se fortaleció aun mas al ejército y a las murallas, pero las continuas epidemias aun continuaban debilitando a la ciudad.
Luego de la Guerra de Sucesión Tarragona fue defendida por una guarnición británica que mejoró el sistema defensivo, que crearon los fortines y baluartes de protección.

El desarrollo nuevamente de Tarragona se dio con el reinado de Felipe V quien el Decreto de Nueva Planta, con el cual se instala un gobierno absolutista y centralizado que dieron paso también a los ayuntamientos y la gerarquerización del organigrama político. Se puso fin así al poder que ejercían los arzobispos y se le da a la ciudad el permiso para poder comercializar con el vino y el aguardiente, aumentando así su riqueza económica, con la expansión del cultivo de la viña en detrimento de otros productos.

Gracias al comercio y producción de vino surge la nueva clase social de obreros y menestrales, mientras que la burguesía empieza a invertir en las empresas productoras. Por el abundante comercio, el puerto de esta ciudad pasa a ser el segundo puerto español por el movimiento de toneladas anuales de mercadería.

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